Berliner Tageszeitung - El monasterio sirio de Mar Musa quiere dejar atrás su aislamiento tras años de guerra

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El monasterio sirio de Mar Musa quiere dejar atrás su aislamiento tras años de guerra




El monasterio sirio de Mar Musa quiere dejar atrás su aislamiento tras años de guerra
El monasterio sirio de Mar Musa quiere dejar atrás su aislamiento tras años de guerra / Foto: © AFP

Enclavado en las montañas, Mar Musa, uno de los monasterios más antiguos de Siria y un símbolo de la tolerancia religiosa, reabrió sus puertas a principios de mes y espera atraer de nuevo a turistas y peregrinos tras pasar años aislado por la guerra.

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A un centenar de kilómetros al norte de Damasco, el monasterio de San Moisés el Abisinio o Deir Mar Musa Al Habashi se convirtió a partir de los años 90 en un centro de diálogo entre el islam y el cristianismo, gracias al padre italiano Paolo Dall'Oglio.

"Queremos que la gente vuelva, que recen y mediten en este lugar en el que tal vez hallen calma, silencio y contemplación", explica a AFP el abad, el padre Yihad Yusef.

Construido en varios niveles, el monasterio posee algunos de los frescos más antiguos del Oriente cristiano. También tiene una iglesia que data del siglo XI e inscripciones murales en árabe, siriaco y griego, con connotaciones musulmanas y cristianas.

Después de que comenzó la guerra en 2011, tras la represión de las manifestaciones prodemocracia, el monasterio no sufrió destrozos físicos, pero el golpe más duro para la comunidad fue la desaparición del padre Paolo, en 2013, en una zona controlada por yihadistas.

- Diálogo entre religiones -

En 2010 el lugar tuvo 30.000 visitantes. Hoy, solo algunas personas, entre ellas dos monjes y una hermana, viven en el monasterio, en el que hay varias habitaciones para los peregrinos, una gran biblioteca y una pajarería. La comunidad es autosuficiente.

"Vivimos en un lugar simple y modesto. No hay internet ni conexión telefónica. Es perfecto para alejarse de la ciudad", dice el padre Yihad.

Pero durante la guerra, el monasterio perdió esta serenidad.

En 2013, encarnizados combates entre grupos de oposición y fuerzas gubernamentales estallaron en la ciudad de Nabek, a 16 kilómetros del monasterio. Acto seguido, el grupo yihadista Estado Islámico (EI) controló una región cercana entre 2015 y 2017.

"Estábamos muy preocupados (...) sobre todo tras la llegada del EI a dos pueblos vecinos y el secuestro de habitantes cristianos" en 2015, se acuerda el padre Yihad.

El espíritu del padre Paolo Dall'Oglio aún se siente en el lugar. Gracias a él, el monasterio cristiano se convirtió en un símbolo del diálogo interreligioso, con una apertura al islam.

Este padre jesuita fue expulsado de Siria en 2012 por haber apoyado el levantamiento contra el régimen, pero volvió clandestinamente un año después.

Fue visto por última vez en Raqa, al norte de Siria, que meses después se convirtió en la capital proclamada por el EI en el país. El sacerdote fue a negociar con los yihadistas la liberación de varios secuestrados.

- "Respirar" -

"Probablemente EI lo secuestró. No tenemos informaciones fiables para saber si está vivo o muerto", dice el padre Yihad, explicando que no se recibió tampoco ninguna petición de rescate.

La presencia de los yihadistas tan cerca del monasterio "nos llenó de miedo, nos aisló y eso impidió que la gente nos visitara", sigue el sacerdote.

El grupo EI fue finalmente derrotado en 2019, pero la pandemia del covid-19, que comenzó meses después, retrasó la reapertura del monasterio, que aparece en numerosas guías turísticas.

Finalmente, a principios de junio, el monasterio decidió abrir sus puertas y recibir a un pequeño grupo de visitantes.

Situado en una región desértica y de difícil acceso por carretera, el lugar es de una calma absoluta.

Yussef Al-Halabi, de 48 años, es monje en el lugar desde hace 16. El hombre no oculta el aburrimiento que ha inundado su vida en estos años, debido al aislamiento.

"A veces no teníamos un solo visitante en todo el año", recuerda.

Tras la oración matinal, este monje de barba blanca tiene la costumbre de ir a una cueva vecina a fabricar velas. A veces también trabaja la tierra.

Su vida está consagrada a Dios y a los visitantes de Mar Musa y confía que turistas y fieles regresen.

"Es un lugar donde se respira", afirma.

O. Petrow--BTZ